lunes, 22 de febrero de 2016

Laberinto



La diferencia de esta experiencia que estamos viviendo los que nacimos en el siglo XX, comparada con quienes vinieron a este mundo en las primeras épocas de la humanidad, es que ellos entraron en un juego virgen.  

Bajaron a internarse en la belleza de una selva plena en frutos y agua refrescante,  mientras que nosotros caímos de golpe en un paisaje muy modificado,  lleno además, de señalización perversa. 



Nosotros aterrizamos en una naturaleza destrozada, con muchos senderos ya hollados en diversas direcciones... con avisos preventivos, tal vez falsos y otros muchos atrayendo a los incautos hacia formas de pensar instituidas por los egos previos. 

Fue como entrar en un laberinto modernísimo en el que aparecen anuncios de cosas deliciosas que enferman, de  atractivas sensaciones que llevan al desencanto y la depresión, y de religiones y filosofías que prometen llevarte a un sitio feliz inexistente. 

Así que el problema puede verse también de otra manera, diferente de como lo veníamos analizando:
Nos perdimos en el laberinto, no solamente por nuestro ego,  sino por la compleja influencia de otros egos que nos lo alimentan de forma confusa (por no decir mal intencionadamente). 

Este planteamiento llevaría a una solución inversa:
¡Desaprenderlo todo! 

O su equivalente positivo, que es  investigar concienzudamente la razón de las cosas con mirada crítica, analizando  hasta la raíz de dónde viene cada "verdad" establecida,  para según el caso,  asumirla o descartarla.

¡Ese es un buen camino!